“Falange Española no es un partido más al servicio del capitalismo. ¡Mienten quienes lo dicen! El capitalismo considera a la producción desde un solo punto de vista, como sistema de enriquecimiento de unos cuantos. Mientras que F.E. considera la producción como conjunto, como una empresa común, en la que se ha de lograr, cueste lo que cueste, el bienestar de todos”

(José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia)

El 13 de septiembre de 1923, Miguel Primo de Rivera -capitán general de Cataluña y padre de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española– dio un golpe de Estado en nuestro país. Comenzaba así la dictadura de Primo de Rivera, período de nuestra historia contemporánea que finalizó en 1930, cuando los republicanos se organizaron y la monarquía de Alfonso XIII cayó definitivamente (en el que sería el prolegómeno de la Segunda República). Antes, durante el pronunciamiento de Primo de Rivera, no hubo derramamiento de sangre ni oposición: es más, el rey encargó formar Gobierno al militar golpista. El tradicionalismo y el populismo del dictador se basaba en valores castrenses: orden, eficacia, disciplina, autoridad y patriotismo. España dejó de ser una monarquía parlamentaria (pese a que la figura del monarca se mantuvo) y pasó a ser un régimen autoritario; por un lado, típico de entreguerras, pero por otro, con sus particularidades nacionales. Singularidades españolas que podrían resumirse en el fracaso del sistema bipartidista, la ineficacia de la Administración, el caciquismo y la corrupción, el creciente protagonismo militar, los conflictos sociales desde 1917 y el auge de los nacionalismos periféricos.

Andrés Escobar Guillén ocupaba el sillón de la Alcaldía en Chiclana de la Frontera cuando se produjo el golpe. Pero fue un regidor brevísimo: del 29 de enero al 1 de octubre de 1923. El que le siguió, Martín Periñán Parra, sería más efímero todavía (tres meses duró en el cargo). Sin embargo, el siguiente alcalde de Chiclana iba a ser un dirigente de largo recorrido en la ciudad. Hablamos de Sebastián Martínez de Pinillos y Bel (1888-1953). Hijo de Sebastián Martínez de Pinillos y Tourné -quien fuera alcalde de Cádiz-, accedió al puesto el 16 de enero de 1924, y permaneció en el poder hasta 12 de marzo de 1931. Su mandato (con el pequeñísimo paréntesis en el que le sustituyó Bernardo Periñán Parra) fue uno de los más largos de una época que había venido precedida, paradójicamente, por la inestabilidad.

Primo de Rivera

Nombrado Hijo Adoptivo y Predilecto en 1926 -a petición del Primer Teniente de Alcalde Ricardo Martín Amaro-, Martínez Pinillos fue un mandatario que desarrolló una política personalista, con legados como el levantamiento del propio edificio del Ayuntamiento en 1928. La Corporación municipal presidida por Martínez de Pinillos había aprobado en un pleno extraordinario la construcción del edificio en un solar antiguamente ocupado por la residencia de Alejandro Risso (Génova 1729-Cádiz 1809), personaje harto conocido en la ciudad. El consistorio ocupó el palacete de Risso, que en tiempos había competido en tamaño y elegancia con otros edificios civiles destacados de la ciudad (la residencia del conde de las Cinco Torres o el palacete del conde del Pinar, por ejemplo). Risso fue uno de tantos comerciantes genoveses que se afincaron en Cádiz -y por extensión, Chiclana- a finales del siglo XVIII. Ese mismo año, para la feria, ya se había inaugurado la Alameda del Río; ésta no se había experimentado remodelación alguna desde los tiempos de José María Quecuty, a finales del siglo XIX, y mostró su mejor cara con su kiosco de música y su aspecto coqueto.

El Puente Chico, por su parte, fue financiado con el dinero de las familias pudientes de Chiclana, que prestaron dinero al Ayuntamiento; iba a sustituir al primitivo puente de madera, que había sido arrastrado por una inundación (y que unía a los habitantes de La Banda con El Lugar). Conocido por medidas tan curiosamente contrarias a la libertad de movimiento, Martínez Pinillos impulsó el “ordenamiento” de los paseos por la Alameda: los vecinos tenían que “circular” por la derecha, y estaba prohibido arrojar las cáscaras de los piñones (fruto seco típico de la época). Medida que no sería del agrado de todos (así, cuando dejó de ser alcalde, hubo quienes se ocuparon de echar en la puerta de su casa un saco repleto de cáscaras de piñones).

Por lo demás, en el orden social habría que destacar que las protestas de los campesinos, que venían arrastrando su descontento desde la crisis de 1917, iban a ser acalladas durante el período dictatorial de Primo de Rivera (y por tanto durante el mandato más largo de Martínez Pinillos). José Luis Aragón Panés se refiere a esta circunstancia en “Breve historia de Chiclana” (2011), centrándose en cómo las fuerzas del orden trataron de disolver las organizaciones anarco-sindicalistas que tanto predicamento tenían en Andalucía. Entre ellas, claro está, la Confederación Nacional del Trabajo.

A este respecto hay que resaltar las cifras: en 1920, tres años antes del golpe de Estado militar, la CNT tenía más de 100.000 militantes (frente a los 40.000 de la UGT). “Hoy podemos afirmar que, de forma general, durante estas décadas, el anarquismo en Andalucía, primero, no fue una ideología marginal, alejada de la mayoría de la población y con fuertes tendencias terroristas, sino que, por el contrario, era un poderoso competidor del sistema social y político imperante durante esas décadas“, ha escrito José Luis Gutiérrez Molina (de la Universidad de Cádiz) en “Andalucía y el anarquismo (1868-1936)”.

Primer alcalde franquista

A Sebastián Martínez Pinillos le sucedieron en el sillón de la Alcaldía Primitivo Collantes Lloredo (del 12 de marzo de 1931 al 5 de abril de ese mismo año), Javier de la Cruz Cortijo (en dos mandatos), Manuel de los Reyes Postigo, Agustín Parra Marín, Juan Alcántara Galván, Miguel Alcántara Manzorro y Juan Moreno de Corta. El franquismo le devolvió, no obstante, el poder: tras el golpe militar, el 22 de julio de 1936 sería repuesto en el Ayuntamiento. Este período como regidor fue mucho más corto, puesto que finalizó el 24 de marzo de 1938. Sin embargo, la segunda etapa del alcalde se produjo en plena sublevación franquista, con la autoridad republicana desmembrada y el falangismo desplegando una represión brutal contra socialistas, anarquistas y republicanos de toda índole. Cuenta Gutiérrez Molina en su biografía sobre el dirigente anarquista Diego Rodríguez Barbosa que Martínez Pinillos fue encarcelado, junto a otros elementos derechistas chiclaneros, nada más conocerse las noticias de la insurrección nacional. En cuestión de horas, la situación cambió; de ahí que fuese liberado.

¿Y cómo retomó el poder el veterano dirigente? Su predecesor, Juan Moreno Corta, “era un abogado de 36 años, juez y uno de los mayores contribuyentes de la ciudad“. Fue nombrado alcalde en un acto que tuvo lugar en el despacho de la alcaldía, con la única presencia del secretario de la corporación Juan Arbolí Hidalgo (a la sazón, cuñado del nuevo alcalde). Dos días después, en cambio, “las autoridades militares decidieron sustituir a Moreno Corta por el antiguo alcalde durante la dictadura de Primo de Rivera, Sebastián Martínez Pinillos y Bel, al frente de una gestora formada por José Barberá Campano, después sustituido por Miguel Alcántara Manzorro, Ramón Romero Rodríguez Tenorio, Joaquín Moreno Ortega y Sebastián Benítez Ariza“, según el Libro de Actas del Ayuntamiento de Chiclana, citado por el historiador. De ahí en adelante, hasta la muerte de Franco y la Transición, los alcaldes y concejales -en Chiclana y en España entera-, serían designados y nombrados por los gobernadores civiles de la provincia.