“[…] En Luzón, a ciento ochenta kilómetros de Manila, se estaba escribiendo la página más brillante que desde Numancia, sí, desde Numancia, ha escrito el heroísmo español. Cosas muy admirables se han visto en la guerra europea; no se ha visto ninguna superior a la defensa de Baler. 

Enrique de las Morenas, Juan Alonso y Saturnino Martín Cerezo, jefes del destacamento sitiado, son nombres que, con los de los muchachos acaudillados por ellos, pueden citarse junto a los más preclaros…”

José Martín Ruiz, “Azorín”, en “El Sitio de Baler”, de Saturnino Martín Cerezo

El Día de la Amistad Hispano-Filipina existe, y se celebra el 30 de junio de cada año desde 2002. Lo aprobó el gobierno del país asiático, y lo ratificó nuestro Congreso de los Diputados. ¿Y a qué se debe esta conmemoración? El 2 de junio de 1899, un batallón del Ejército Español cercado en la iglesia de Baler -aldea costera situada en la isla de Luzón, la más grande e importante de Filipinas- se rindió. Habían pasado 337 días de asedio dramático: un aislamiento en el que los propios soldados que allí había no estaban al tanto de que el país insular había dejado de ser colonia española para siempre. El Tratado de París, firmado entre España y Estados Unidos un 10 de diciembre de 1898, terminaba con Cuba independiente y con Filipinas, Guam y Puerto Rico en manos americanas. Se daba por finalizada, así, la Guerra hispano-estadounidense. Fue el fin de un imperio -el español- y el arranque de otro -el estadounidense-. María Cristina de Habsburgo, la reina regente, firmó este tratado.

Un capitán encabezaba la guarnición -formada por 57 hombres- que aquel verano de 1898 quedó sitiada en el templo filipino: Enrique de las Morenas y Fossi (1855-1898).

Enrique de las Morenas Fossi, uno de los personajes históricos más relevantes del siglo XIX, era de Chiclana de la Frontera. Efectivamente, él lideró a “los últimos de Filipinas”. Los 33 supervivientes, al final del sitio de Baler, salieron de aquel horror con honores militares; las tropas filipinas les trataron como héroes, por cómo les habían plantado cara: no fueron hechos prisioneros de guerra. Un 6 de julio llegaron a Manila, desde donde embarcaron hacia Barcelona.

El malogrado Fossi era uno de los mandos del destacamento, donde también se encontraban los tenientes Juan Alonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo, así como el teniente médico Rogelio Vigil de Quiñones. En nuestra península de finales del siglo XIX, la pobreza era un hecho tan desesperado y cotidiano que cualquiera se alistaba y subía a “cargueros repletos de militares para darse de fusilazos por España en la otra punta del globo”, cuenta en este reportaje de ABC Manuel P. Villatoro. La revuelta filipina -que había comenzado en 1896- era uno de los frentes que manteníamos abiertos, y amenazaba con expulsar los compatriotas colonos.

El hundimiento del Maine

Aunque ese mismo año se había sellado la paz con los propios filipinos en Biak-na-Bato, la negativa española a vender sus colonias, junto con la ambición de Estados Unidos, causó un nuevo episodio dentro del desastre noventayochista. Esta vez iba a ser el definitivo. En febrero de 1898, había tenido lugar el hundimiento del Maine, el buque americano que navegaba hacia Cuba en misión de paz: episodio tristemente famoso en el que los yanquis aprovecharon para culpar a los españoles del incidente y declarar la guerra, al tiempo que se dedicaban a armar y financiar a las colonias para independizarse de la metrópoli… O, en el caso concreto de Filipinas, traían de vuelta directamente a los caudillos tagalos que estaban exiliados en Hong-Kong.

Los militares españoles llevaban víveres para cuatro meses, pues se suponía que los refuerzos iban a relevar el puesto una vez pasado ese período. Sin embargo, nada más alcanzar al pueblo de Baler -el 27 de junio de 1898-, la situación ya se antojaba extraña, oscura: se encontraron con que la ciudad estaba vacía (sus 2.000 habitantes habían desaparecido de aquella zona montañosa, bastante aislada de Manila a pesar de distar 200 kilómetros). Previendo un posible ataque de la insurgencia filipina, el capitán decidió levantar un perímetro defensivo alrededor de la iglesia de Baler, y hacer de ella el fuerte defensivo de cara a los posibles ataques rebeldes.

Casi un millar de locales -comandados por Calixto Villacorta– armados asediaron al destacamento español, que apenas salió de su refugio un par de veces: una para quemar una casa que se había erigido en fortín-centinela de la iglesia, y otra para contraatacar a los insurrectos. La falta de agua se resolvió al cavar un pozo, pero no la escasez de aprovisionamientos. La muerte no tuvo piedad de los sitiados: ya fuera por beriberi (un mal que era muy de la zona) o disentería. Hubo deserciones, también. Y dos muertes por heridas de bala.

Moriremos matando

“Pelearemos hasta morir y moriremos matando”

, fueron las palabras que pronunció, durante el acto de rendición en la iglesia filipina, el teniente Saturnino Martín. Un 2 de junio de 1899, prácticamente un año después, finalizó el asedio. Azorín prologó el libro que en 1935 publicó uno de los supervivientes, uno de los últimos de Filipinas: el propio Saturnino. “El Sitio de Baler” es el testimonio de un acontecimiento histórico que sería recreado una década después en la película de Antonio Román “Los últimos de Filipinas” (1945). La habanera que canta Nani Fernández en una de las escenas -“Yo te diré”-, llegó a ser muy popular en su época. El reparto contó con un jovencísimo Fernando Rey.

Enrique de las Morenas Fossi -el militar chiclanero, Gobernador Civil y Militar del distrito; descrito como un hombre de rostro macilento y enfermizo- no murió matando, pero sí peleó hasta morir. Sucumbió al beriberi un 22 de noviembre de 1898, ante las condiciones extremas de vida a las que se veía sometido, junto a sus hombres, en el sitio de Baler; fue enterrado en la misma iglesia que había sido su cuartel general. Sería el segundo en perecer, después del párroco (fray Cándido Gómez Carreño). “Todos lloraron su muerte, pues era como un padre para cada militar allí presente”, escribe Villatoro en su repaso por la historia de los últimos de Filipinas.

El último de Filipinas

El capitán Enrique de las Morenas Fossi nació en Chiclana, un 23 de mayo de 1855. Su padre -Enrique de las Morenas Costadoat, era abogado y natural de Baena. Toda la familia se trasladó a Cabra, donde el padre había sido nombrado Juez de Instrucción. Allí fue donde el famoso militar se crió, hasta que inició precisamente su carrera castrense. Una carrera fulgurante y ascendente en la que cosechó éxitos desde muy joven, como en la guerra carlista en 1875, que le convirtió en teniente con apenas 20 años. Cogió fama de audaz. De carácter entero y serio, intervino igualmente en las campañas de Cataluña y del Norte (con el Regimiento de La Lealtad). Lo cuenta Antonio Moreno Hurtado en “Egabrenses en las Indias” (2010), donde repasa las vidas de paisanos de Cabra (Córdoba) en el Nuevo Mundo.

En esta localidad -también- se casó en 1883 con Carmen Alcalá Buelga. Su ascenso al grado de capitán de infantería le pilló residiendo en Baena, en 1895; un año después pidió el reingreso al servicio activo. ¿El motivo? La insurrección de Filipinas que le costó la vida. Allá llegó con el cargo civil y militar. Un 7 de febrero de 1898 embarcó con el resto del destacamento en el vapor Compañía de Filipinas, que puso el rumbo al pueblo de Baler desde Manila. El resto de la historia, ya es historia con mayúsculas.

A principios de abril había estallado la sublevación tagala en la provincia, que tuvo como consecuencia la caída sucesiva de los puestos españoles. Solamente quedaban los soldados de Baler, aislados, hambrientos, enfermos y rodeados por sus enemigos filipinos. Entre ellos estaba el bravo capitán Enrique de las Morenas Fossi, ascendido en septiembre de 1899 a comandante; se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando, igualmente, a título póstumo. A principios de 1904, el Gobierno español quiso repatriar los restos de “los últimos de Filipinas”, que salieron de Manila en el vapor Isla de Panay. Trasladados a la capital, recibieron sepultura en la Basílica de Nuestra Señora de Atocha.