“Tus leyes regirán la edad postrera/ si hay ministros del culto santo y puro/ como el insigne
Magistral Cabrera” (“Soneto a la Constitución”, anónimo)

Fue sabio, hombre de fe… Y gastaba sentido del humor. El Magistral Carrera ­sobrenombre con el que se conocía en Chiclana a su ilustre paisano, Antonio Nicolás Cabrera Corro (1763­1827)­ tenía ocurrencias buenísimas. Cuando una señora se le acercó y le insinuó que su calva se debía a lo estudioso que era, éste respondió (con no poca guasa, claro está) que en realidad la calva se debía a la cantidad de sacos de harina que se había visto obligado a llevar sobre la cabeza cuando trabajaba en la panadería de sus padres, siendo crío. ¿Exageraba el Magistral? ¡Por supuesto que no! Lo cuenta José María García León en un libro, todo un anecdotario en los tiempos de la Constitución de 1812 y publicado en 2009, poco antes del bicentenario de La Pepa (“En torno a las Cortes de Cádiz: anécdotas, curiosidades, hechos y gentes de aquella magna asamblea”). Que Antonio Cabrera era una figura conocidísima en Cádiz lo prueban, igualmente, los versos del “Soneto a la Constitución”, sin autoría. Versos que el ‘chiclanólogo’ Juan Carlos Rodríguez cita en “Magistral Cabrera, hombre de fe y ciencia”.

Lo cierto es que, efectivamente, el que llegaría a ser Canónigo Magistral de la Catedral de Cádiz (amén de mil cosas más: interventor para el fisco de la época, comisario de guerra, profesor y ¡examinador sindical!), nació hijo de panaderos y se crió en una tahona. A los 11 años aún era analfabeto. Gracias a su talento para el latín (que aprendía en el convento de San Telmo, de manos de unos capuchinos), logró una beca para estudiar Filosofía y Teología en el Seminario Conciliar de San Bartolomé; graduado por la Universidad de Sevilla como Maestro de Artes, se doctoró en Filosofía por la Universidad de Osuna. Políglota, se convirtió en científico de referencia al descubrir especies como la Mucus Cabreare Clem en Sancti Petri (un tipo de alga que sería bautizada con su nombre).

La Chiclana de la Frontera de entre finales del siglo XVIII y primer tercio del siglo XIX “colecciona” personajes singulares. Uno de los más curiosos fue este religioso, científico y acreditado liberal. Aparece en diversos episodios históricos, unos más memorables que otros (no es el caso de la muerte del general Solano, a la que ya aludimos al hablar de Frasquita Larrea). Se trataba de un hombre excepcional. Excepcional como investigador, puesto que era un fervoroso amante del conocimiento; excepcional como religioso, demostró que era un cristiano coherente; y excepcional como personaje de su tiempo, partícipe de los muchos cambios que llegaron, irremediables, con la Ilustración (y las consiguientes consecuencias sociales, políticas y económicas).

Por otro lado, ese sentido de la comicidad, esa gracia tan gaditana, hizo que fuese un personaje entrañablemente querido: no solo en Chiclana, también en la capital. Su condición de mediador de conflictos ­inevitables en una sociedad que transitaba entre el Antiguo Régimen y las instituciones democráticas emergentes­, así como de persona ilustrada (capacitada para bregar con las autoridades civiles, eclesiásticas y militares), hicieron del Magistrado Cabrera un actor indispensable de su tiempo.

Hombre de ciencias

Los estudios naturales que desarrolló ­en el campo de la botánica, pero también en la ictiología y el estudio de las algas, donde fue pionero­ alcanzaron prestigio internacional. Tanto que fue capaz de colaborar con investigadores extranjeros, como el alemán Félix Hänseler. Ictiólogo de prestigio, se dedicó a estudiar concienzudamente y a catalogar la relación de peces y moluscos existentes en las costas andaluzas. Realizada al alimón con Leonardo Pérez (médico­cirujano gaditano) y Hänseler en 1817, su Lista de los Peces del Mar de Andalucía ­que reunió hasta 190 especies existentes entre los puertos pesqueros de Cádiz a Málaga­ es una auténtica referencia en este campo; por publicaciones como ésta se considera a Cabrera uno de los padres de la ictionimia gaditana (junto con Löfling).

Como dice Rodríguez en su artículo del Diario de Cádiz, Antonio Cabrera hizo algo más que disputarle el puesto de Canónigo Magistral de la catedral gaditana a José María Blanco White, el escritor y sacerdote sevillano. Y recomienda, por supuesto, la biografía científica de Paz Martín Ferrero, editada por la Diputación de Cádiz y el Ayuntamiento de Chiclana (“El Magistral Cabrera, un naturalista ilustrado”, 1997). Destacando, asimismo, la existencia de un herbario en el Real Jardín Botánico de Madrid que fue, en su momento, enviado por el botánico desde Chiclana, y que contenía especies de la marisma (como por ejemplo un tipo de alga que solamente se hallaba en los mares del Hemisferio Sur).

Lección de misericordia

Que el Magistral Cabrera era buena persona lo prueba su comportamiento ante la muerte del Gobernador Civil en Cádiz, el general Solano. Era el mes de mayo de 1808. Al negarse a bombardear a la flota francesa y a pactar con los ingleses, Francisco Solano Ortiz de Rozas sufrió la ira del pueblo, que le pedía armas. Su linchamiento a manos de la muchedumbre ­que le acusó de afrancesado­, puso a prueba el valor del canónigo. La periodista y novelista Mari Pau Domínguez recoge este horrible episodio de la Guerra de la Independencia en “Las dos vidas del capitán” (2014)… Justo el momento en el que el Magistral se topa con el cadáver del militar, ajusticiado por la plebe:

“Caminando despacio, porque todavía no acababa de creerse lo sucedido, se aproximó un hombre: Antonio Nicolás Cabrera y Corro, conocido por todos como el Magistral Cabrera, capellán de los Voluntarios Distinguidos de Cádiz. Un chiclanero ilustrado, dueño de un gran corazón, de origen humilde, canónigo magistral de la catedral de Cádiz. Bendijo el cuerpo y se puso a rezar. Después buscó ayuda y, aunque le costó, encontró a un par de infelices que se apiadaron de la situación y le ayudaron a trasladar torpemente el cadáver hasta la catedral, que estaba aún por terminar, y lo depositaron en la única capilla concluida”.

Antonio Cabrera escondió el cuerpo del gobernador en el templo, realizando el velatorio en solitario (al tiempo que hacía lo posible por detener a un populacho deseoso de entrar en la iglesia para profanar el cadáver del general; a tal punto llegó la sinrazón de aquella gente, en aquellos momentos). El Magistral fue capaz de resolver la dramática situación, consiguiendo enterrar al desdichado y valeroso general Solano; y demostrando misericordia y compasión hacia el que fuera amigo suyo, pese a los riesgos de enfurecer a una turba muy radicalizada.

Muerte

Una pulmonía se llevó, el 9 de enero de 1827, al admirado Magistral Cabrera. Como no podía ser de otro modo, su funeral congregó a muchas personas. La lápida de su tumba tiene inscrito un lema, “Pertransiit benefaciendo”, así como este epitafio: “Aquí yace el polvo del hombre benéfico, del sabio modesto, del virtuoso sacerdote, del Magistral D. Antonio Cabrera. Alumnos de la sabiduría, no borren vuestras lágrimas este epitafio; puedan también leerlo y llorar sobre él los pobres de Jesucristo”. Amén.