“Oye gitana
Vente conmigo
Voy pa Chiclana”


Rancapino canta por soleares este “Maldigo la hora”, o se arranca por alegrías para cantar a su Chiclana de la Frontera: la villa que le vio nacer en 1945 con el nombre de Alonso Núñez Núñez. Cantaor de flamenco, gitano y con antepasados ilustres en el arte: su abuela era Antonia García Moreno “Tía Antonia La Obispa”, el alma de las fiestas familiares desde antiguo. De los suyos ha heredado su sentido del compás, amén de su carácter festero, que también ha sabido transmitir a su hijo, Rancapino Chico. Su delicadeza y pureza hacen de él un artista de una singularidad maravillosa. Aurelio de Cádiz, Manolo Caracol, la Perla de Cádiz, Manolito el de María son los referentes de un hombre modesto y humilde que fue galardonado con el prestigioso Premio Enrique El Mellizo en 1977 (durante el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba). Su biógrafo, Pedro Quiñones, ha destacado la relevancia de una figura, que “[…] no nos pertenece exclusivamente a los chiclaneros”… Porque el arte de este gitano es universal: por algo ha hecho tantos kilómetros con la maleta cargada de tercios e historias tradicionales en las que abunda el drama; pero también la comedia.

Alfredo Grimaldos, crítico flamenco, dice preciosidades sobre quien “rehuye con sabiduría el grito estridente y es capaz de mecer al aficionado entre la queja trágica de la seguiriya y la dulzura vitalista de los aires salineros por alegrías”. Atesorar un profundo conocimiento del cante más tradicional y sonar flamenco en grado superlativo (dechado de compás), no está alcance de cualquiera. Pero para Rancapino ­apodo que le puso un gitano, “El Mono”, cuando lo veía corriendo calle abajo descalzo y desnudo, con la piel negrísima como si fuera un “pino quemado”­, sí. Último de una tipología de flamenco que se acaba: la de los fogueados en la calle y sus penalidades (y alegrías), en la fiesta de las reuniones y los saraos (los ‘after’ de las actuaciones privadas, antiguamente), en el hambre y las estrecheces, en la autenticidad de lo fresco, lo espontáneo.

Zíngaro (“hijo y nieto de gitanos legítimos”) de la bahía gaditana, Alonso Núñez las pasó canutas, como suele decirse coloquialmente. He aquí las “fatiguitas” a las que tanto aluden los flamencos, las que le llevaban a marchar con su primo y amigo Camarón de la Isla a la legendaria Venta de Vargas a cantar para la gente pudiente, a ver si se podía ganar un dinerito. A los 50 años le llegó el reconocimiento. Cuenta Miguel Mora que finalmente ocupó el lugar que le correspondía: “se fue a Japón en busca de yenes con que llenar la buchaca”. “Si el flamenco tiene 300 años de historia, Rancapino es la esencia de los últimos 100”, asegura Chiquetete en estas declaraciones a El Periódico. “Cada vez que aparece”, escribe Mora, “arma el taco”.

Sus ­curtidos­ nudillos constituyen el metrónomo más ajustado, rítmico y natural: es el mismo con el que, de manera autosuficiente, se ha marcado el compás cuando le han faltado guitarra y palmas. Maestro consumado de los cantes propios de la bahía, no grabó sin embargo su primer disco hasta los años setenta. Intelectuales y artistas como Manuel Arroyo y Miquel Barceló se han dejado atrapar por la obra de este gitano. Barceló, que ya había colaborado con Camarón en el ‘artwork’ de “Potro de rabia y miel” (1991), diseñó en 1995 la portada del segundo disco de Núñez (llamado como su debut discográfico en 1972, “Rancapino”; con Paco Cepero a la guitarra, en ambos casos).

Un cantaor errante

Pese a su escasa discografía, Rancapino ha mostrado su arte en escenarios de todo el mundo: Europa, Estados Unidos, África, Japón (no en vano, es el flamenco que más ha visitado el país nipón, apunta Quiñones)… Al fin y al cabo, lo suyo es la vida errante ­como él mismo ha asegurado­, sellada por la indisoluble unión con el arte. Así, dice el cantaor chiclanero que el flamenco es algo tan grande que “tiene que doler”. Suya es otra frase famosa: “el flamenco no se aprende en una academia, se canta con faltas de ortografía”. Y es que “los artistas flamencos han surgido, históricamente, de los estratos sociales más desfavorecidos económicamente”, sentencia en una entrevista Grimaldos, autor de “Historia Social del Flamenco” (2011), que cuenta en su portada con la citadísima máxima del chiclanero.

Para Grimaldos, Rancapino es “uno de los últimos cantaores clásicos”. Por eso mismo empieza su libro con el de Chiclana. En una narración impagable que reconstruye el contexto en el que se han desarrollado (y han evolucionado, igualmente) vidas flamencas como la de este cantaor: desde los colmaos y las ventas a los tablaos… Hasta la sanción cultural y su entrada a los teatros, o la integración en el ‘show business’. Cantando y bailando “al plato”, en los bares chiclaneros, así empezó la cosa. Siendo churumbel (es decir, muy pequeñito), ya se buscaba la vida por las calles de la villa: lo mismo cargando leña que tratando de buscar pan duro para mitigar el hambre.

Tanto tiempo pasó descalzo que se quedó con la voz ronca, dice. “Ronco de andar descalzo” se titula, precisamente, el retrato vital de Quiñones, publicado en 2011. La abuela de Alonso, “La Obispa”, fue su gran inspiración juvenil. Era amateur pero de una personalidad tan desbordante que cautivaba a la mismísima Perla de Cádiz. Por su parte, el testimonio de Rancapino que recoge Grimaldos alberga dureza y de ternura al mismo tiempo. Como su propio nombre: Rancapino. Lo mismo bailaba con nueve años en “La Raspa” que “hacía el cochinito, imitando el ruido de los cerdos”. Esa búsqueda de la vida tan particularmente flamenca, que sella los destinos de los artistas…

El primo Camarón

Rancapino y Camarón han sido, son, muy distintos, estilísticamente. Sin embargo, la figura del rubio estará siempre entrañablemente unida al moreno de Chiclana: eran primos por parte de madre (Juana, la madre de José Monge, era hermana de la madre de Alonso). Monge tenía cuatro años menos (llamaba a su primo “El Viejo”, de hecho). Siendo apenas unos mozalbetes, se visitaban a menudo, yendo el uno a Chiclana y el otro a La Isla de San Fernando; se pasaban por la barbería de Miguel Pérez, un gran aficionado al flamenco, y cantaban. Imitaban a figuras de la época. Las anécdotas que Rancapino le cuenta a Grimaldos son oro puro: “Camarón me decía que iba a cantar un fandango de Valderrama, y le imitaba. Después hacía un fandango de Porrina, y al final decía que iba a cantar como su primo Rancapino, y me imitaba a mí. Era un artista especial. Muy grande”.

Chano Lobato ­otro grande del flamenco que se nos fue­ le decía que era “el Robert Redford de África”. Un Robert Redford egipcio en el sentido gongorino que fue testigo, nada menos, del primer encuentro entre Camarón de la Isla y Lola Flores, en una caseta de la Feria de Sevilla, mientras deambulaban por allí siendo chicos. Así lo recuerda en el libro de Grimaldos. Presten atención: “El que llevaba la fiesta era Picoco, que me conocía, y nos dejó entrar. Por la gloria de mi madre, si miento, cuando Lola escuchó a Camarón eso de ‘Devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás’, se cayó de la silla. Era la primera vez que le oía cantar. Y ya, no veas, Gitanillo [de Triana] se partió la camisa y salió bailando por bulerías. Entonces yo le dije a El Pinto, un bailaor que venía con nosotros: Antes que de que Camarón empiece otra vez, te voy a cantar un poquito, para justificarnos. Y salí por bulerías: Me duele la boquita, prima, de decirte…”.

Tantas vivencias pasaron juntos que el artista chiclanero no duda en mentarle en unos tanguillos escritos por él mismo, donde menciona a todos sus referentes: “A mi Camarón, mi Perla/ nunca los podré olvidar,/ ni a Caracol, ni a Mairena, a [Juan] Talega o a Tomás. Por eso cuando yo canto/ me tengo que recordar/ los cantes de Terremoto,/ de Aurelio y de la Calzá”. Las andanzas de los dos primos, con una carrera aún en ciernes, podrían pasar por el mejor relato dickensiano.

Grande de Chiclana

Los tiempos le han puesto en su sitio. Rancapino es una figura del flamenco indiscutible; de ahí su presencia, habitual, en los carteles de los mejores festivales: para Andalucía, España y la entera humanidad, como reza el himno. Al artista se le quiere y se le conoce más, tiene mayor presencia en los medios de comunicación (aquí, en una entrevista para Duendeando, el programa que dirige Teo Sánchez de Radio 3, la radio pública). Por no hablar de los homenajes, como el que Miguel Poveda le montó en 2013. El Lope de Vega sevillano fue el teatro elegido para rendir pleitesía al cantaor de la voz ronca: el propio Poveda, junto con Arcángel y Rancapino Chico, se apuntaron a un festín la mar de pertinente. Sara Baras danzó para él, años antes, en el teatro Apolo. “Bailando a los sones de su voz rajá, negra como un permanente luto, por martinetes […] Conformando una estampa del mejor flamenco teatral”, Manuel Ríos Ruiz para ABC.

Soleares, malagueñas, caracoles, tarantos… Su cante exquisito comenzó a gozar de los favores de la exigente afición madrileña cuando ya llevaba en activo varias décadas, en los años noventa. En 1995 fue invitado a una gira mexicana en la que compartió escenario con Chavela Vargas y Sabina (entre otros artistas de relumbrón). Su caso es especial: él ha ido despacito y con buena letra. Es así como concibe el arte jondo (derrochando generosidad, por otro lado, con los clásicos y referentes): “[…] un ¡ay! por soleá de Fernanda de Utrera vale más que lo que hacen otros en toda su vida. Lo más difícil y que hay es cantar despacito. Como tocar la guitarra, torear y hacer el amor. Despacito. Las cosas ligeras no valen un duro”, dice. Así es Rancapino: un grande de Chiclana.