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“La villa de Chiclana se formó alrededor de la colina donde estaba ubicado el castillo o fortaleza del Lirio, cuyos pies bañaba […] (el actual río Iro), ya que junto a la colina de Santa Ana era uno de los lugares más elevados del término. El sistema defensivo de la villa durante la Edad Moderna estuvo formado por el castillo del Lirio, emplazado en el lugar que ocupa actualmente el colegio del mismo nombre y las torres defensivas de la costa”

Domingo Bohórquez en “Chiclana de la Frontera. Geografía, Historia, Urbanismo y Arte”, 2011

Si nos remontamos al hidrónimo original, las versiones van cambiando según la fuente consultada: parece que el castillo del Lirio o Liro tuvo que ver en nombre del río de Chiclana. El castillo del Lirio fue una fortificación situada en un emplazamiento muy importante en la historia de la ciudad. Especialmente desde 2006, cuando comenzó a excavarse y puso a Chiclana en el mapa fenicio de la península. Los restos hallados atestiguan, además, la existencia de comunidades al final de la Edad del Bronce (año 1.000 a. C.). “Los diferentes hallazgos realizados hasta ahora apuntan a que el asentamiento se extendería por todo el cerro y descendería por la ladera hacia el río Iro”, dijo uno de los responsables de la investigación, Juan Cerpa, en 2007. Y es que el propio nombre del río daba pistas de la antigüedad del lugar, según el arqueólogo, puesto que “Ir” significaba “río” y era un término de raíz indoeuropea y de origen prerromano. Se cree que los fenicios abandonaron aquel asentamiento fortificado hacia el siglo VII a. C.

La Riada de Chiclana 1965

Decían los expertos que tenía mucha lógica hablar del río Iro como aquel cauce fluvial que permitió a las naves tartesias, fenicias y romanas navegar hacia el interior, varando en algún puerto junto al cerro del Castillo. La excavación aportó, en este sentido, bastante luz en cuanto a la relevancia de un “lugar estratégico junto al río y sobre la colina”, según declaró Paloma Bueno, la arqueóloga responsable del yacimiento, en 2015. El yacimiento del Cerro del Castillo fue encontrado, no obstante, cuando estos arqueólogos andaban buscando el primer cementerio de las iglesias de San Juan Bautista y San Martín. La casualidad propició un hallazgo arqueológico que colocaba a Chiclana en una ruta fenicia de excepción, sumándose a Cádiz y Doña Blanca; y que situaba los orígenes de la villa, igualmente, por encima de los 2.000 años.

El río Iro fue navegable durante siglos. Embarcaciones típicas de ríos como las falúas y otras pequeñas barcas se dedicaban al transporte de mercancías y pasajeros (en 1675, el número de embarcaciones existentes en la villa era de 57). Bohórquez afirma, de hecho, que “a lo larga el río se constituyó en el nervio de la villa, en cuyos márgenes surgirán hermosas edificaciones con embarcaderos, al ser navegables, y hacia dónde mirará la ciudad”. En dirección a ese embarcadero tendría lugar, de hecho, la primera expansión del siglo XVI (desde la plaza Mayor).

Los dos márgenes

Un desarrollo urbanístico hacia la otra banda del río -futura zona de La Banda, contrapuesta a El Lugar– que terminará en el levantamiento de un primer pontón de madera, en 1640. El río Iro crecía, de cuando en cuando, y causaba inundaciones que ya se habían empezado a documentar desde el siglo anterior; así pues, no resultó raro que este puente se viniera abajo después de una riada. En las partidas municipales anuales, los gastos para mantenerlo se convirtieron en un clásico. Una vez pasada la crisis demográfica de principios del siglo XVIII, empezaron o se reanudaron aquellas grandes obras públicas emprendidas décadas antes: entre ellas estaba la canalización del río Iro, destinada precisamente a permitir la navegabilidad de las falúas y barcos hasta la Alameda del Río, como antaño. La burguesía gaditana, que había convertido la urbe atlántica en su lugar de asueto, invirtió dinero en aquellas iniciativas. Pero la canalización del río chiclanero nunca se llevó a cabo, como veremos.

Comunicar La Banda y El Lugar se había convertido, allá por 1728, en una necesidad vital para Chiclana. Ese año se comenzó a construir un puente de piedra que serviría para unir ambos territorios. Terminado en 1734, en un par de años dio muestras de debilidad: de nuevo una inundación amenazaba su estructura. Juan Rodríguez, cuenta Bohórquez, sería el maestro de obras elegido para repararlo; en 1739 concluyó su tarea, que ascendió a 30.000 ducados, una fortuna para la época (la hacienda municipal se endeudó de lo lindo con esta actuación). Pero lo que fue peor… El puente cedió de nuevo al cauce del río un 9 de enero de 1740. El párroco de San Juan Bautista se congratulaba, en su testimonio escrito sobre el suceso, de que no hubiese víctimas mortales. Al menos.

Pese a los proyectos presentados en 1756 por Francisco Pozo y Aldana y Gaspar Cayón Orozco de la Vega, respectivamente, para construir un nuevo puente, lo cierto es que la situación siguió siendo la misma. La población aumentaba al otro lado del río, pero las necesidades constantes de la villa impedían la reconstrucción del puente de piedra. El vetusto pontón de madera continuaba siendo el nexo de unión entre los dos márgenes (imprescindible, a todas luces, con el crecimiento de La Banda).

La canalización

“Canal del Príncipe Almirante”. Así iba a llamarse el proyecto de canalización del río Iro, cuya primera piedra colocó José María Gómez, Corregidor de la villa, un 14 de mayo de 1807. El aumento de los gastos y la invasión francesa -de 1810 a 1812- paralizaron la obra. A mediados del siglo XIX se volvió a plantear la canalización, si bien la inestabilidad política impidió que la idea llegase a buen término. Sí que se construyó un nuevo puente, en este caso de cantería, que uniría los ya históricos márgenes de la ciudad (convertidos en espacios ajardinados, siguiendo la moda del momento, la consolidación de las alamedas como elementos imprescindibles de la ciudad decimonónica). Para el Puente Chico habría que esperar al siglo XX: concretamente al período de la dictadura de Primo de Rivera, con Sebastián Martínez de Pinillos en la alcaldía. Aquel “bellísimo” puente (en palabras de Bohórquez) sería destruido en la riada de 1965, que también se llevó por delante el Kiosko de la Música, elemento de la misma época.

Jesús Aragón habló de aquel viejo sueño chiclanero en esta pieza publicada en La Voz Digital. El río Iro, como “nexo olvidado” entre las dos Chiclanas, no solamente estaría desaprovechado -aún hoy en día, en pleno siglo XXI-, sino que se encuentra, pasados los siglos, con el mismo problema: el de la financiación, principalmente. “Colectivos náuticos como los clubes de piragüismo y practicantes de vela hablan abiertamente de la posibilidad que tendría el Iro para realizar concentraciones y rutas turísticas muy atractivas, que también lo serían para embarcaciones a motor de pequeño calado”, escribió Aragón en 2011. Denunciaba, asimismo, el olvido de parte del cauce urbano del río, “sobre todo el tramo entre El Fontanal la Alameda”. Su conexión con los caños y salinas que mueren en Sancti Petri lo convierten en un cauce altamente atractivo para navegar.

Cuenca del río Iro

Bohórquez describe estupendamente la hidrografía del término municipal. La cuenca del río Iro, al ser la más extensa (no supera los 25 kilómetros), está considerada como exorreica. Las cuencas exorreicas son, al contrario que las endorreicas, cuencas de aguas territoriales que fluyen del interior hacia al mar. Exorreicas son, en Chiclana, las del litoral playero atlántico, la del Carrajolilla, la de las marismas del plioceno (época que se remonta a hace cinco millones de años) y las residuales del Zurraque y Salado. Para José Macpherson, autor de “Bosquejo geológico de la provincia de Cádiz” (1873), la considerable cuenca del río Iro “atraviesa un terreno en extremo interesante para el geólogo”, formada por un terreno yesoso y de numerosos apuntamientos de ofitas (roca de nódulos cuarzosos que se emplea como adorno).

La del río Iro tiene una trayectoria que va del este al oeste. Recoge numerosos arroyos de corto recorrido, y se caracteriza por la diversidad de materiales geológicos que reúne: triásicos, oligocenos, pliocenos y cuaternarios. Se suman, por la derecha, tres arroyos que se deslizan entre las mangas impermeables del Trías, arroyo Galván y la Dehesa Galván; por la izquierda, por su parte, confluyen las aguas del arroyo del Palmetín y de la Cueva. Otra característica del régimen de aguas del río Iro es que está sometido al influjo de las mareas, que se adentran -siguiendo el cauce fluvial- alrededor de seis kilómetros. “Por las formaciones sedimentarias de sus márgenes, muy planas, las llanuras aluviales que se desarrollan tienen mucha facilidad para encharcarse, convirtiéndose en lodazales, difíciles de transitar”, señala Bohórquez.

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