Fue en los albores del siglo XX -en 1903 concretamente- cuando abrió sus puertas una de las bodegas de Chiclana que sobreviven en el siglo XXI: Bodegas Barberá. Los hermanos Barberá Campano, Juan Manuel y Luis, fueron los fundadores. Comenzaron adquiriendo las soleras de unas antiguas bodegas de la villa, ya desaparecidas; se da la circunstancia de que las primeras instalaciones que acogieron las Bodegas Barberá podían datar de las últimas décadas del siglo XIX. A partir de ahí, los hermanos se encargaron de hacerse su propia solera para producir vino (dentro del tradicional sistema de crianza-solera-rocíos), partiendo de las uvas que procedentes de sus viñedos: pagos como El Marquesado, Villegas, Campano y otros. Sus variedades de Palomino y Moscatel eran poseedoras de una reconocida calidad, y contribuyeron a ir aumentando las existencias de vino en sus bodegas. Fueron casas como la fundada por esta familia las que contribuyeron a una industria vinícola que es una auténtica tradición en Chiclana. El Marco de Jerez -en el contexto del noroeste de la provincia de Cádiz- ampara esta producción.

Pagos enclavados en la costa atlántica, una región sin lugar a dudas privilegiada que ha visto crecer viñedos junto a salinas y pinares. Es la Chiclana vinícola. Al sur mismo de la Bahía, Chiclana acoge la vid más meridional, que ha convivido, que convive, con una industria turística pujante. La calle Delicias chiclanera es el emplazamiento de la bodega, que vende sus vinos de lunes a viernes al público. Una arquitectura tradicional la de esta céntrica bodega, donde se pueden degustar las típicas chacinas mientras se toma una buena copa de vino, o dos.

Los vinos de Barberá

Las Bodegas Barberá ofrecen vinos finos, olorosos, moscatel y amontillados. Tenemos por ejemplo el Fino Reñidero o el Fino 21 (ambos con 15% de graduación, y una base de uva Palomino), el primero criado en botas de roble bajo velo de flor, amarillo pajizo con irisaciones doradas, de aroma con rasgos de madera y flor; seco en la boca, punzante y largo, de mucho cuerpo. El segundo, caldo procedente de vides Palomino, de aroma almendrado, ligeramente punzante y delicado; en boca, fresco y elegante. La cata del Isleta Moscatel Muy Viejo -vino que evoca su solera, mantenida y mimada en botas de roble desde 1903- es intensa, pasificada y torrefacta. Vino de color caoba con sabor pastoso, resulta tan dulce y sabroso como cálido. Su calidad hace que la producción sea extremadamente limitada.

Por su parte, el Amontillado Viejo procede, igualmente, de una solera antigua (de más de un siglo); ambarino, de aroma punzante y atenuado a la vez, es suave y ligero al paladar. Hay que servirlo un poquito frío si se quiere apreciar su sabor y carácter en toda la plenitud. El Moscatel Blanco es un vino de color oro, inigualable en estas tierras: dulce y natural, de aroma grato y fragante. Isleta Moscatel Añejo desprende aromas con notas de solera vetusta: almendra, vainilla y tostados; de color caoba oscuro, tiene cuerpo, es sabroso y de gran persistencia, además.

Se dice que el Campano Oloroso Dulce es ligeramente dulce y de aroma ciertamente complejo (recuerda a la nuez, dada su estancia en la bota de madera). La cata sabe sabrosa y aterciopelada, con buen equilibrio entre lo amargo y dulce; procede de vinos generosos, dulces y naturales.

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Calle Delicias, 31, Chiclana

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36.42439156268197, -6.134606271693883

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