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La guerra civil y la dictadura franquista

Historia de Chiclana durante el gobierno del Generalísimo Franco, desde el levantamiento hasta la democracia en 1978: Campano, Sancti Petri,...

“Una guerra es como un gran pie
que se coloca bruscamente
interrumpiendo la vida de un hormiguero”

(María Teresa León)

María Teresa León -junto con José Bergamín– fue una de las principales organizadoras del movimiento intelectual antifascista, que partía de la actividad artística al servicio del pueblo. “La guerra […] nos juntó a casi todos en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Y luego el exilio nos dispersó”, contaba el poeta gaditano Rafael Alberti años después. En su “Breve historia de Chiclana” (2011), José Luis Aragón Panés cita a otro poeta, en este caso Stephen Spender, quien también recogió en sus versos la tragedia de la España del siglo XX: “Quizá / más allá de nosotros perduren los fantasmas que crecen / sobre la llanura. No sólo en tiempos bélicos sino en cualquier instante…”. Spender, miembro de los llamados ‘Oxford Poets’ junto con W.H. Auden o Cecil Day Lewis, fue brigadista internacional (en el llamado Batallón Británico, al que se alistó en 1937). La Guerra Civil española (1936-1939) truncó el presente de muchos ciudadanos y ciudadanas, y oscureció el futuro tantos otros. En aquellos dos años, ocho meses y 15 días el país se partió en dos mitades; familias divididas, una muchachada lanzada a una lucha a muerte.

Hermanos todos, como suele decirse, combatieron en ambos bandos (por convicciones personales, aunque también hubiese un componente de azar geográfico). Los insurgentes que seguían las órdenes de los golpistas -militares sublevados y liderados por el general Francisco Franco– controlaron la villa de Chiclana de la Frontera poco después de comenzar la contienda. No hubo resistencia en la villa. “Los tímidos y vacilantes con el movimiento militar fueron apartados de sus cargos en la Administración local, o perdieron sus empleos en las empresas donde trabajaban”, cuenta Aragón Panés.

Otros sufrieron la violencia directa perpetrada por el futuro ejército vencedor, en un contexto donde las ejecuciones sumarias y la aplicación arbitraria de la pena de muerte fueron moneda corriente entre los dos bandos enfrentados, vencedores y vencidos. Según el autor chiclanero, en nuestra villa “la libertad de acción de un sector de la Falange propició que en los primeros días de la sublevación fuesen detenidas un número significativo de personas consideradas de izquierda”. Y pasó lo que pasó.

La represión franquista en Chiclana

Existen testimonios orales citados por el Mapa de Fosas de las Víctimas de la Guerra Civil y la Posguerra en Andalucía que hablan de dos fosas más debajo de las hileras de nichos del cementerio de San Juan Bautista en Chiclana (si bien no se han podido concretar aún sus localizaciones exactas). En “Marginados, disidentes y olvidados en la historia” (2009), de Santiago Moreno Tello (Universidad de Cádiz), se afirma que entre los escenarios de los fusilamientos de nuestra ciudad estaba el cementerio, sí: pero también Pino Gordo, el Polvero y el Arroyo del Toro.

José Luis Gutiérrez Molina afirma, en el caso concreto de Chiclana, que la posguerra “comenzó el mismo mes de julio de 1936”, excluyéndose términos como “perdón, amnistía o reconciliación”. “En Chiclana los asesinados parece que fueron una veintena. Según algunos testimonios la intervención de un teniente de la guardia civil los detuvo”, escribe en “El Anarquismo en Chiclana. Diego R. Barbosa, obrero y escritor (1885-1936) (2001). Citando al hispanista Michael Richards, Gutiérrez Molina -investigador del anarquismo- habla de la represión como “purga social” que en las comunidades rurales se manifestó con suma crueldad.

Se refiere igualmente a quienes huyeron para no regresar, aterrorizados ante la posibilidad de ser ejecutados: Diego García García “El Costero”, Carmelo Ramos Periñán o Manuel Rendón Gil. La huida colectiva a Tánger de un grupo de disidentes, en 1937, es otro de los acontecimientos más mentados de aquellos años. Ocurrió que tres de aquellos fugitivos fueron detenidos el 10 de agosto de 1939, junto a otros cinco paisanos, “de todas las tendencias ideológicas”, según este historiador. Fueron juzgados en consejo de guerra y condenados a penas que alcanzaron un total de 92 años de prisión.

Diego Rodríguez Barbosa (1885-1936), activista sindical, poeta, obrero y anarquista, tuvo un final terrible. Su vena lírica ha dejado versos carnavaleros en los que sintetizaba su libertarismo: “vida feliz,/ vida ideal/, vida que no admite leyes,/ ni tiene fronteras, ni autoridad”. Autodidacta -como tantos otros militantes andaluces-, desarrolló una labor más periodística que teórica. Su muerte es uno de los episodios más oscuros sucedidos en nuestra ciudad, si hacemos caso al rumor popular que ha circulado durante años. Gutiérrez Molina, su biógrafo, lo menciona. Detenido por los falangistas en el Arroyo del Sotillo, habría sido obligado a gritar “¡Arriba España!”; ante su negativa, los agentes le golpearon hasta morir. La leyenda decía que sus asesinos le habían decapitado luego para darle patadas a su cabeza, como si de un balón de fútbol se tratara.

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, Social y Política de Chiclana, constituida en enero de 2008, promovió en julio de aquel año la colocación de una lápida que recordase a los vecinos represaliados por las fuerzas franquistas (la asociación la cifra en 87 personas, 20 de ellas asesinadas). El Diario de Cádiz recogió estas declaraciones de la presidenta del colectivo, Leonor Sánchez:No constan en registro alguno y fueron enterrados en cunetas o fosas comunes cuya ubicación se desconoce. Nosotros tenemos la misión de recuperar del olvido esos nombres y esas vidas de buenas personas que se han callado durante más de 70 años por el miedo”. Se desconoce, no obstante, el número de víctimas que fueron fusiladas en los muros del cementerio de San Juan Bautista, así como en las afueras del pueblo (en zonas como el Pinar de los Franceses).

La dictadura franquista

La dictadura del general Franco, que se prolongó desde 1939 hasta 1975 -momento en el que arrancó la llamada Transición Democrática, una vez muerto el dictador-, se mantuvo a lo largo de etapas muy diferenciadas (dado, claro está, lo prolongado en el tiempo del régimen). La autarquía franquista degeneró en un aislamiento económico que, unido a la dureza de la posguerra, trajo consigo años de hambre y desolación. No hay pueblo en Andalucía donde no se hable de aquellos “años del hambre”, con las tiendas de comestibles vacías, las cartillas de racionamiento y la actividad estraperlista. Chiclana, por supuesto, es uno de ellos.

Fue en esta época -en plena Segunda Guerra Mundial- cuando Franco ordenó levantar todo un sistema defensivo en el Campo de Gibraltar, sembrando el territorio de búnkers y fortines. El fracaso de las fuerzas del Eje en Tobruk (Libia), ciudad fronteriza a la que las fuerzas germano-italianas impusieron un sitio en 1941, hacía pensar que los aliados podían consolidar su posición en el escenario mediterráneo: en este sentido, Gibraltar era un punto especialmente sensible. Y por extensión, la costa atlántica gaditana, “con 482 elementos defensivos repartidos a lo largo de 90 kilómetros de litoral y sobre un área de casi 400 kilómetros cuadrados”, afirma Ángel J. Sáez Rodríguez en “Fortines blindados contra la invasión aliada” (2014). Algún resto mudo puede contemplarse todavía en la playa de La Barrosa, semienterrado en la arena, afirma Aragón Panés.

El reconocimiento internacional de la dictadura llegaría en la década de los cincuenta. Los acuerdos con la Iglesia y Estados Unidos consolidaron el régimen franquista. Entonces -especialmente a partir de 1955- la escasez dejó de ser la tónica. Parecía que la tradicional economía agraria en Chiclana estaba dando paso al sector secundario, avanzando en este sentido. Si bien el campo seguía tirando: ahí está la Bodega Cooperativa del Campo San Juan Bautista, que nace en 1956. En 1962, la entidad cooperativista absorbería el histórico Sindicato de Obreros Viticultores de Chiclana, fundado por el padre Salado. El Marco de Jerez estaba en pleno auge, había una gran demanda exterior (lo que supuso el aumento de la producción y derivó en un fuerte crecimiento del sector del vino).  

En 1952, una iniciativa salió de la mente de dos empresarios bodegueros de la villa: Manuel Moreno Salado (1915-1999) y José Virués Vela (1904-1985). Se trataba de la “Fiesta del pescado a la teja”. Un acontecimiento cultural que, dado el páramo cultural en el que nos encontrábamos, sabía a gloria. El evento unía en Las Albinas -famosa bodega de la época- la tradición del vino y el pescado de estero, presentado en teja. Su dimensión cultural era evidente (cada edición estaba dedicada a alguna figura del toreo, el cante y la literatura); también la social, por su carácter benéfico y solidario.

Los años sesenta

En la España franquista y tecnócrata, el llamado desarrollismo -basado en los Planes de Desarrollo Económico y Social– marcó los años sesenta del siglo XX. El crecimiento económico fue un hecho en el que confluyeron diversos factores, entre ellos la emigración (que compensaba, con sus remesas, una balanza comercial deficitaria) y el turismo (con la entrada de capital extranjero). Por otro lado, la industrialización de determinadas zonas en nuestro país apuntaló el crecimiento, sobre todo en los dos primeros planes (los que se aplicaron de 1964 a 1967, y de 1968 a 1971). El artífice de aquellas iniciativas, Laureano López Rodó (1920-2000), fue dos veces ministro; y responsable asimismo del ascenso de miembros del Opus Dei en los Gobiernos de Franco. Él mismo pertenecía a la organización, así como muchos de sus estrechos colaboradores.

A principios de los sesenta, la realidad de la inmigración estaba ahí, “un exilio forzado por la larga sombra del hambre […] un nuevo reto para muchos chiclaneros que tuvieron que hacer las maletas y buscar empleo”, relata Aragón Panés. Europa acogía de nuevo a los habitantes del sur, hambrientos de futuro, sedientos de sueños. Unos iban por necesidad, otros venían por placer. Como los turistas.

Ciudad receptora de visitantes, Chiclana tenía una enorme experiencia en este aspecto. Así que, de alguna forma, la llegada de extranjeros, foráneos o forasteros, no era un hecho extraño en el día a día de la villa. La antigua tradición turística de la ciudad regresaba: ampliada y adaptada a aquellos nuevos tiempos. Fue el germen de lo que será la futura urbanización de Novo Sancti Petri -fundamental en nuestra industria turística-, con la compra de terrenos de la Colonia Vitícola de Campano y otras áreas colindantes. Nace igualmente el Cortijo de los Gallos, primer complejo turístico chiclanero. El hotel Fuentemar, localizado junto al balneario de Fuente Amarga, será pionero en este sentido.

La riada de 1965

Capítulo aparte de este período merece la riada del 65. El río Iro avisó antes, durante la gran riada de diciembre de 1962: en aquella ocasión afectó a las tres cuartas partes de la ciudad, causando pérdidas materiales a más de 4.000 vecinos. Pero lo ocurrido el 19 de octubre de 1965 desbordó -nunca mejor dicho- cualquier previsión. Las intensas lluvias caídas aquel día en la villa, así como en el resto de la comarca, hicieron del río chiclanero un caudal ingobernable. Ya desde Medina Sidonia venía henchido y crecido, pero es que la coincidencia con pleamar desembocó en la mayor de las inundaciones de nuestra historia reciente. Ciertamente no hubo que lamentar pérdidas humanas, si bien las materiales fueron muy cuantiosas: más de 600 millones de pesetas (¡de 1965!) fue el saldo.

Un saldo negativo que afectó, no solamente a las vidas cotidianas de los chiclaneros, sino a la economía y el crecimiento de la ciudad. Tanto se perdió que, cuando se observan documentos fotográficos de la época (el material del fotógrafo Juan Martínez, publicado en el Diario de Cádiz y conservado en el nuestro Archivo Histórico Municipal), la desolación de la población es más que evidente. Tales fueron las dimensiones de la catástrofe que el Estado envió al mismísimo Ejército para elaborar un plan logístico que permitiera socorrer a la población damnificada. Tanto el Puente Chico como el Puente Grande quedaron en estado ruinoso, al igual que muchas de las calles y barrios chiclaneros. El lodo, el fango y el barro lo cubrieron todo.  

Tardofranquismo

La reconstrucción de Chiclana -tras el desastre del 65- se acometió con el esfuerzo de chiclaneros y chiclaneras: infraestructuras tan necesarias para la vida como aquellos viejos puentes fueron sustituidos por nuevas pasarelas. Parece increíble que hasta 1968 no hubiera un sistema de conducción y canalización de aguas para abastecer a la ciudad; el aguador pasó a mejor vida. Los últimos años del franquismo estuvieron lastrados por la crisis del petróleo de 1973. Ese mismo año, el Consorcio Nacional Almadrabero de Punta de Isla se disolvió, liquidando la empresa. El atún, fuente de trabajo para tantas familias que vivían en el poblado de Sancti Petri, dejó de ser rentable (se habían reducido las capturas, pero la empresa no se adaptó a los tiempos; para más inri, la gestión empresarial fue, en los últimos años, un desastre). El Ministerio de Defensa expropió los terrenos en 1979; Sancti Petri volvió a manos de la Junta en 1997, si bien el Ayuntamiento de Chiclana compró los derechos de reversión (que le permitirán recuperar el poblado para usos lúdicos, deportivos y de ocio).

La Constitución de 1978 dio paso a la democracia en Chiclana, Cádiz, Andalucía, España. Fue un período no exento de tensiones, violencia terrorista, crisis y paro en el que se restauró la Monarquía -en la persona de Juan Carlos I– al tiempo que se configuraba el Estado de Derecho, previo paso al desarrollo del deseado Estado del Bienestar. En abril de 1979 tomó posesión la nueva Corporación municipal de Chiclana, presidida por un antiguo alcalde expedientado durante la dictadura franquista: Agustín Herrero Muñoz (1916-1997). Por fin se había restablecido la normalidad democrática.

 

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