standard-title Chiclana en la época romana El agua del Cádiz romano pasaba por Chiclana. Y Roma y Chiclana estaban conectadas ¿Cómo? Descubre la historia romana de Chiclana aquí

Chiclana en la época romana

El agua del Cádiz romano pasaba por Chiclana. Y Roma y Chiclana estaban conectadas ¿Cómo? Descubre la historia romana de Chiclana aquí

El agua del Cádiz romano pasaba por Chiclana. Así lo testimonia el proyecto Aqua Ducta, que rescató del olvido el acueducto romano más largo de Hispania en 2014. Propuesto como Bien de Interés Cultural (BIC), y con una longitud de entre 75 y 80 kilómetros, fue una de las infraestructuras hidráulicas más relevantes de la Antigüedad. Lo contaba Isabel Laguna en este reportaje para la Agencia EFE donde se daba a conocer la investigación de la Universidad de Cádiz (UCA) acerca de una construcción que, sinuosamente, sorteaba las dificultades del terreno: Jerez, Puerto Real, Chiclana de la Frontera y San Fernando eran las localidades por las que pasaba. Por otro lado, era la vía Heráclea, una de las grandes rutas clásicas, la que unía los puertos de Roma y Cádiz, así como el Mediterráneo occidental; la que servía de enlace a Chiclana con la capital gaditana. Se trata de la vía que terminó definiendo el trayecto desde Gades a Tarraco, pasando por nuestra villa, Baelo Claudia, Gibraltar y Cartago Nova. Es (y sigue siendo), como apunta aquí José de Mier Guerra, “la carretera costera del Atlántico y sur y el Mediterráneo”.

Pero, ¿cómo comenzó la etapa romana en Chiclana? Fue en el período conocido como República (que oscila entre el 509 a. C. y el 27 a. C.). Cartago sucumbió. Fue entonces cuando Roma -tras la segunda guerra púnica- emprendió el proceso de colonización de la Península Ibérica. Alcanzó nuestra tierra y aquí se quedó, “como orgullosa vencedora”, en palabras de José Luis Aragón Panés, autor de la “Breve historia de Chiclana” (2011); en el año 206 a. C. fue cuando la púnica Gadir se entregó a la Roma republicana. Los autóctonos comenzaron un proceso de romanización, si bien la influencia era mutua: también los colonizadores se adaptaron a las costumbres locales.

Industrias pesqueras

La pesca fue clave en la Chiclana romana. Esta industria -que se había desarrollado ya durante la colonización fenicia en el Mediterráneo, Chiclana incluida-, aumentó sobremanera durante la República y el Alto Imperio romanos. Asociada a la actividad conservera, la alfarería experimentó un gran auge, como puede contemplarse en los vestigios que han quedado, sembrados en distintos puntos de la ciudad: desde los talleres ubicados en los márgenes del río Iro y El Fontanal a los rastros que han emergido de la costa, en dirección a Conil (restos de ánforas y cerámicas son el testimonio de aquellas actividades, cruciales para el comercio romano de la época altoimperial). Los hornos del yacimiento de El Fontanal (del siglo I y II d. C.), por ejemplo.

Al fin y al cabo, el ánfora era el recipiente básico para almacenar y transportar el vino y los derivados de la pesca, concretamente los salazones (el famoso garum). Delicatessen de la Antigüedad por excelencia, el garum fue una salsa conocida en cada rincón del Imperio romano (incluida su capital, claro está). Lola López de la Orden -Conservadora del Museo de Cádiz-, destaca en esta entrevista concedida a La Voz Digital la extraordinaria riqueza pesquera sureña, puesto que la provincia gaditana era ya famosa por sus atunes, llegados del Atlántico en su migración anual, “sabrosos y repletos de grasa, cualidad Estrabón atribuye al hecho de que, según él, se alimentaban de las bellotas de una encina que crecía junto al mar”, comenta.

El aprovechamiento de los frutos del mar, así como de la carne, era máximo (gracias a la salazón, que permitía su conservación). López de la Orden asegura, además, que el pescado se aprovechaba de manera integral: vísceras y sangre servían para componer salsas variadas, mientras que las espinas se trituraban para diversos usos (harinas de pescado, alimento de animales, fertilizantes).

El rastro de Roma

La villa chiclanera acumula pequeñas huellas romanas. Existen hornos romanos en el casco antiguo, si bien el rastro de aquella civilización queda patente también en El Fontanal, como se ha dicho, y en el litoral; aquí -en el islote de Sancti Petri donde se levantó el antiquísimo templo de Melkart-, los romanos consagraron el culto a Hércules. Huerta Alta es otra de las zonas donde existen restos arqueológicos, en especial lápidas funerarias; las inscripciones funerarias llevaron a pensar en una necrópolis (aunque esta idea se ha quedado en mera hipótesis). Durante las importantes excavaciones del Cerro del Castillo se hallaron restos de cerámica y lápidas funerarias. En la playa de Lavaculos se descubrió, a mediados de los noventa, un tesorillo tardorromano -del Bajo Imperio, siglo IV d. C.- formado por monedas de poco valor. En la calle del Convento han aparecido igualmente pilas termales y restos, al igual que en la Loma del Puerco (detrás del Cerro de Santa Ana). Muy conocido es el ‘thoracato’ o estatua de emperador romano, con coraza y realizada en bronce, proveniente del llamado Rompetimones (al este del Islote de Sancti Petri). Data de finales del siglo I d. C. al II d. C., ya en pleno Imperio Romano.

El Coto de la Isleta, por su parte, cuenta con restos de cerámicas romanas. Lázaro Lagóstena Barrios se refiere a estos vestigios salazoneros en su estudio de 2001, “La producción de salsas y conservas de pescado en la Hispania romana”, que describe como “una pequeña factoría con dos pilas de salazones y un suelo de opus signinum” localizados durante las prospecciones en un paraje cercano al Caño de Sancti Petri. “La cultura material recogida ofrece un arco cronológico que abarca desde la II y I centuria a. C. hasta la II d. C., aunque la presencia de ánforas Keay XVI, datadas entre la III y la V centuria, podría ampliar la ocupación e incluso definir dos fases en la misma”, escribe el experto. Esta clase de ánforas -llamadas así en honor a S. Keay, profesor de la Universidad de Southampton-, poseen una morfología de saco muy característica y reconocible.

Algunos de estos restos anfóricos (que, junto con otras cerámicas y lápidas romanas y fenicias, se encontraban en el Museo de Cádiz), se exponen Museo de Chiclana desde 2013. El museo chiclanero exhibe piezas procedentes del yacimiento arqueológico subacuático de Lavaculos, playa de Sancti Petri. Se trata de monedas de bronce de escaso valor: datan de los tiempos de Teodosio, Arcadio, Honorio, Graciano, Valentiniano II, Magno Máximo y Constante. Fueron encontradas en 1994, durante un proyecto de arqueología subacuática en la Bahía de Cádiz (se extrajeron en aquel momento un total de 386 piezas; las romanas se fecharon entre los siglos I y III d. C.).

El templo de Hércules

Sin embargo, quien quiera disfrutar del turismo cultural en Chiclana no podrá abandonar la ciudad hasta que no acuda a la llamada herculeana. Los vestigios del antiguo templo de Melkart para los fenicios -Hércules para los romanos, Heracles para los griegos- en el Islote de Sancti Petri, ya no están a la vista del público. Solamente perdura la leyenda, amén de los textos clásicos que documentan que existió. Santuario sumergido en honor al Hércules gaditano, el héroe más popular de toda la mitología clásica, según su propia entrada en el “Diccionario de Mitología Griega y Romana” de Pierre Grimal, en constante evolución hasta el fin de de la Antigüedad. El protagonista del ciclo de los Doce Trabajos, llamado así para mayor gloria de la diosa Hera (Juno, en la tradición latina). El homenajeado en un templo donde se produjo un sincretismo religioso o mezcla de cultos inusual en la historia, como cuenta Leonor de Bock Cano en “El templo de Hércules gaditano: realidad y leyenda” (2005).

Resulta extraña su supervivencia a lo largo de 1.500 años, “al final en competencia incluso con el cristianismo. Su vinculación primero con el dios fenicio Melqart y luego con la archiconocida figura mítica de Hércules, aviva la curiosidad de los chiclaneros, que se asombran de que muy cerca de su ciudad, en tiempos remotos, hubiera un templo donde se guardaban las cenizas del popular semi-dios, o donde Julio César lloró delante de la estatua de Alejandro Magno”. La helenista considera Cádiz (en la mentalidad griega, “extremo del mundo conocido”) una suerte de área sagrada, “el otro finis terrae de la Península”, concluye, en referencia a otro simbólico precipicio, el Finisterre gallego.

El Heracleion -o templo de Hércules-, se situaba al Este, según el relato de Estrabón. Al parecer, la salida del sol oriental tenía mucho que ver en su localización. Filóstrato afirmó que el templo miraba a Oriente para que el amanecer lo iluminara; esto arroja una idea del “carácter solar del dios Melqart”, como afirma De Bock. La investigadora establece la evolución del Heracleion en tres fases: la fenicia (la más vetusta), la greco-púnica y, finalmente, la helenístico-romana. En sus inicios fue fiel, al parecer, al suntuoso estilo arquitectónico fenicio, según los comentarios de Arriano y Diodoro. Si nos referimos a su época más primitiva, posiblemente fuera un gran recinto, “porticado y abierto”, señala la autora. Tampoco faltaban las capillas, el altar para los sacrificios, las capillas anexas, exvotos, monumentos conmemorativos…

En la era helenístico-romana, el antiguo santuario del Islote de Sancti Petri fue un ejemplo de arquitectura clásica: una construcción grande sobre podio (a la que se podía acceder a través de escaleras), rodeada de columnas y coronada por un frontón triangular en la fachada. La Roma del Imperio consagró a Hércules como dios de la victoria, símbolo del poder imperial; en la Península Ibérica, su culto se denominaba Hércules Augusto, Hércules Invicto y Hércules Primigenio, confluyendo así los destinos del personaje mitológico y el emperador. De esta manera, asegura Leonor de Bock Cano, ambos aparecían como una personificación de “la victoria y la unificación del mundo conocido”.

 

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