standard-title La almadraba de Sancti Petri Obligada referencia por su repercusión en la economía y la sociedad de la Chiclana de esta época es la actividad desarrollada por la almadraba de Santi Petri

La almadraba de Sancti Petri

Obligada referencia por su repercusión en la economía y la sociedad de la Chiclana de esta época es la actividad desarrollada por la almadraba de Santi Petri

“Se está haciendo de noche. Aurori y yo hemos estado vagando por calles fantasmales mientras el sol ha ido lentamente desapareciendo al otro lado del mar. El poblado todo se oscurece, y las sombras comienzan a adueñarse de estas viejas casitas. Por las ventanas se escurre la penumbra y, dentro de estos cadáveres de hogares, ya es casi noche cerrada. Los marcos destrozados y las puertas sin puertas van dejando que las tinieblas, a través de sus huecos desolados, inunden palmo a palmo todas las viviendas. Dentro de ninguna casa podemos ver luz. No hay cena alguna puesta al fuego del olvido. Ahora, al hacerse de noche, este pueblo parece más muerto aún” (Miguel Ángel García Argüez, “El pan y los peces. Sancti Petri en la memoria” 2001)

La historia de Chiclana de la Frontera no puede contarse sin hablar de la industria de la almadraba, que dio vida y trabajo a miles de familias en el -hoy abandonado, y pendiente de recuperación- poblado de Sancti Petri. Poeta, novelista y agitador cultural, Miguel Ángel García Argüez quiso conocer a fondo la realidad de estas gentes que habitaron aquella península en los mejores años del Consorcio Nacional Almadrabero Punta de Isla, que en 1929 cogió las riendas de una explotación que había comenzado a funcionar en el último tercio del siglo XIX (con la instalación de una fábrica de conservas). La actividad almadrabera databa, sin embargo, de los siglos XVI y XVII (cuando se abrieron las primeras chancas o depósitos para curar pescado); también hundía sus raíces en la ocupación fenicia de Chiclana, puesto que los fenicios pescaban atún. No fue hasta 1821 cuando la colocación de redes sin armazón fijo supuso la reglamentación de la almadraba.Las intrahistorias de la almadraba de Sancti Petri son las que ocupan el libro de García Argüez, que reivindica para este “clan de marinos y trabajadores, mujeres, hombres y niños“, la recuperación de un patrimonio etnográfico que parece haberse diluido para siempre debido a años de dejadez y olvido. La palabra, en este sentido, adquiere un protagonismo necesario para entender qué significaba hacer vida allí. Así lo deja dicho María Barberá, por ejemplo, en “Añoranzas” (volumen elaborado por alumnos del Centro de Adultos de Chiclana, citado por el autor): “Yo me crié en Sancti Petri cuando aún se podía vivir de la riqueza natural de Chiclana. Mi padre era pescador y mi madre trabajaba en la fábrica de pescado de estibadora. Yo me quedaba en casa a cargo de mis hermanos. Cuando mi madre tuvo a mi hermano, el más pequeño, tenía que llevarlo a la fábrica para darle el pecho“. La estirpe de María formó parte de aquel contingente de familias que -bien temporales, bien de forma permanente- trabajaron para el Consorcio que, a partir de los años cuarenta (ya con Sancti Petri siendo pedanía chiclanera), levantó su ciudadela en aquel rincón del Atlántico. Atrás habían quedado las chancas y fábricas de atún de los Curbera o de los Fossi, a principios del siglo XX; así como las primitivas casas en las que se alojaban estos obreros del pescado. Las inversiones durante la dictadura de Primo de Rivera supusieron un desarrollo del poblado que, pese a la dureza de la tarea, facilitó sobremanera la cotidianidad de quienes allí marchaban a buscarse la vida.

El poblado-factoría


La racionalización productiva de las almadrabas fue una clara muestra de la política económica de Primo de Rivera: los sectores considerados estratégicos eran sometidos a la concentración empresarial, y a la intervención estatal. El CNA produjo, a través de 11 almadrabas en el sur atlántico, un 25% de las conservas de pescado a nivel nacional (a mediados de siglo era una de las empresas más importantes en España, con una captura media al año de 13.000 ejemplares de atún). Aquella política intervencionista joseantoniana generó una serie de pueblos-factorías como el de Sancti Petri. Durante la Segunda República estuvo en peligro (ante las protestas que denunciaban la pobreza de los obreros de la zona); aunque, una vez instaurado el régimen franquista, las prácticas monopolistas continuaron… Fue entonces cuando el Consorcio modernizó las instalaciones de Sancti Petri, amén de otras zonas como Barbate o Nueva Umbría. Había nacido el poblado en la Punta de la Isla.

La creación de una colonia industrial era relevante, dado que la temporada obligaba a importar mano de obra especializada entre los meses de marzo y agosto. Todo se organizó de manera que el poblado pudiese acoger a una cantidad de personas que podía oscilar entre las 1.000 y las 1.500 personas (para poder vivir, claro está, en condiciones aceptables). En Sancti Petri llegaron a concentrarse 2.000 individuos. Una vez puesto en marcha el mecanismo del Consorcio, el poblado no haría más que crecer. “Las primeras acometidas urbanísticas que realizará el Consorcio serían las de unificación de la chanca (recordemos que había varias hasta entonces), dotación de maquinaria moderna y comienzo de un ambicioso plan de edificaciones residenciales y servicios necesarios para la explotación unitaria“, escribe García Argüez.

¿Cómo se vivía en el poblado?

Pero, ¿cómo se vivía en el poblado? El analfabetismo y la pobreza difícilmente podía sacar de una existencia chabolista a los vecinos de Chiclana. De esta manera, Sancti Petri asomaba como alternativa de pan y subsistencia razonable -y soportable- para la época. Lo cual no resta dureza a relatos como el de Luis. En 1930, con apenas 15 años, se fue de temporero: “[…] Me acuerdo de la primera noche en que entré a trabajar. Había en el patio unos 400 atunes colgados y dijeron: ¿queréis trabajo? Pues venga, a trabajar… Una noche muy oscura, sin luna“. Podría decirse que se trataba de una labor entre artesanal e industrial, según el momento de la campaña.

La temporada arrancaba con el acopio del material necesario para la fabricación de conservas; también se preparaban las embarcaciones, redes y aparejos. Esta fase tenía lugar en enero. El copo se transportaba ya en abril: la captura de la migración se producía hasta agosto, y coincidía con la actividad más frenética del poblado. Empezaba entonces el despiece del atún en la chanca, la faena de las estibadoras, encargadas de enlatarlo… Además, de otras actividades de provecho: los desperdicios se destinaban a la fabricación de guano, aceite, harina y jabón. Un no parar, vamos.

El día a día en la almadraba

Aurori -una de las últimas personas en irse cuando el poblado fue desmantelado- era una muchacha cuando en 1973 el Consorcio liquidó la empresa. A diferencia de otros antiguos habitantes, cuenta Argüez, ella no es de las que evitan visitar las ruinas del poblado. Hace de cicerone de excepción, describiendo con cariño cada rincón de la pequeña ciudad: “[…] esto era la Finca. Aquí estaba la parte de comestibles. Paco el de la Finca vendía de todo, y aquí estaba el bar. Aquí venían sobre todo los hombres. Nosotras íbamos más al Club“. La segregación de sexos durante las escasas horas de ocio que había era típica de los tiempos, tan grisáceos. Las chicas jugaban al parchís en su reducto, o veían la tele. Aunque el día a día en la almadraba significaba principalmente una cosa: trabajo. En picos de la producción se tiraba de niñas para hacer de estibadoras. Aquello era trabajo infantil.

En este sentido, García Argüez elude las idealizaciones cuando habla de unos trabajadores “que luchaban de sol a sol, contra viento y marea”, y que por lo general tenían que sacar adelante una prole numerosa. Lo cuenta este antiguo vecino de Sancti Petri, Juan: “[…] He trabajado duro, sí, muy duro, me he matado a trabajar, pero he podido sacar nueve hijos y los he sacado por la mar, ha sido la mar la que me ha dado el pan. Allí no se pagaba agua, no se pagaba luz, ni basura, tenía una casa. En la almadraba y en los cuatro pescados que cogía por la noche con el barquito y la atarraya para ayudar…“. Era típico completar la jornada laboral con un tiempo extra de pesca.

Pero a pesar de la dureza, el contraste con la vecina Chiclana convertía el poblado de Sancti Petri en una tierra de oportunidades, sueldos fijos, escuela, techo y servicios con los que los chiclaneros ni podían soñar. Entre 1940 y 1956, por gentileza del Consorcio Nacional Almadrabero, el poblado disfrutó de agua y electricidad; poca broma en tiempos como aquellos. Quienes vivían y trabajaban allí de manera permanente formaban una comunidad de vecinos con más cosas en común que una vecindad al uso. El hecho de pertenecer a la misma empresa, el carácter paternalista de la propia empresa, la homogeneidad de los estilos de vida… Fueron fundamentales.

El fin de la almadraba

Punta de Isla -nombre de la almadraba que explotaba el Consorcio en Sancti Petri- se disolvió en 1973, liquidando y subastando sus bienes. La pesca había empezado a escasear años antes, en la década de los sesenta. Se sumó un aumento de los costes laborales (la estructura tenía dimensiones considerables, entre los trabajadores fijos y los eventuales), y la acumulación de una deuda inasumible, fruto de la gestión, nefasta. Las almadrabas dejaron de ser caladas antes, en 1971. El abandono del poblado coincidió con el nacimiento en Chiclana de la Frontera de un movimiento en pro de Sancti Petri, un lugar que había que reivindicar como bien público y social. Expropiado por el Ministerio de Defensa en 1979, fue utilizado como zona de entrenamiento militar.

En 1993 fue desligado de sus usos militares. El Ayuntamiento de Chiclana, en litigio para recuperar el uso del poblado desde 1983, consiguió reutilizar instalaciones como el Club Náutico (con la finalidad de atender esta nueva demanda deportiva). La Dirección General de Costas otorgó en 1988 una concesión de usos que se han mantenido hasta hoy. La declaración del Parque Natural Bahía de Cádiz en 1989, así como la del Paraje Natural de las Marismas de Sancti Petri, contribuyeron a revalorizar el entorno paisajístico y medioambiental de la zona.

La década de los ochenta experimentó, no obstante, un renacimiento de la actividad almadrabera en las costas de Cádiz, solamente que a otros niveles. El descenso de las capturas y las cuotas de pesca hasta 2014 parecen insuficientes para la supervivencia de una industria que fue clave para Chiclana de la Frontera.


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