standard-title El relanzamiento de la ciudad de Chiclana La reconquista de Chiclana en el siglo XIII y el paso de aldea a Ciudad del siglo XIV: Guzmán el Bueno y Fernando IV

El relanzamiento de la ciudad de Chiclana

La reconquista de Chiclana en el siglo XIII y el paso de aldea a Ciudad del siglo XIV: Guzmán el Bueno y Fernando IV

El Medievo arranca tras la caída del Imperio romano de Occidente, si bien algunos historiadores denominan el período transcurrido entre los siglos III y VIII como Antigüedad Tardía. Si nos quedamos con la acotación convencional, lo que suele definirse como Alta Edad Media -del siglo V al siglo X- finaliza con el período siguiente, lo que comúnmente se denomina Baja Edad Media, del siglo XI al siglo XV. Son los tiempos de la escolástica, la corriente teológico-filosófica que dominó el pensamiento medieval (partiendo de las enseñanzas grecolatinas clásicas para confluir en la revelación cristiana); es la época, igualmente, en la que se produce el relanzamiento de la ciudad de Chiclana, en el puente hacia su historia moderna. La antiquísima historia de la villa, plagada de asentamientos prehistóricos y colonizaciones de pueblos diversos (fenicios, púnicos, griegos, romanos, musulmanes) desembocó en un acontecimiento histórico de primer orden que arrancó con otro episodio: la llegada a Cádiz de Fernando III El Santo, en 1251.

¿Por qué este episodio fue tan crucial? Fernando III (1190 o 1201-1252) fue el monarca que unió para siempre los reinos de León y Castilla; contando, eso sí, con la inestimable ayuda de su madre, Berenguela de Castilla (que ejerció como reina de facto mientras éste se encontraba en el sur, en plena conquista cristiana). Un año antes de su fallecimiento, en el Alcázar sevillano, había llegado hasta Cádiz. No así a Chiclana, que no sería conquistada hasta una década más tarde. Nuestro pueblo -entonces aldea-, al igual que otras villas de la provincia, fue conquistado y perdido, así como reconquistado a posteriori, cuenta José Luis Aragón Panés en su “Breve historia de Chiclana” (2011).

La conquista de Chiclana, en 1261, sucedió con el hijo de Fernando III –Alfonso X El Sabio– como protagonista. Nacido en Toledo (1221) y muerto en Sevilla, al igual que su progenitor, en 1284, fue también el conquistador de la capital gaditana. Entre los logros de su reinado está el impulso de las repoblaciones en el sur (Bahía de Cádiz, comarca del Guadalete), además de la repoblación interior en el norte e interior de la Península. Se trataba, sin embargo, de un proceso selectivo: las villas o aldeas de menor poderío económico y militar quedaban descartadas.

En el caso chiclanero, hubo otro factor relevante que tenía que ver con su condición de terreno fronterizo, carente de defensa al estar abierto: sin murallas, fortalezas o castillos defensivos, Chiclana quedó sin repoblar, explica Aragón Panés en su libro. Pero los Guzmanes, ocupados en repoblar distintos señoríos -desde finales del siglo XIII hasta principios del siglo XIV-, quedaron vinculados a nuestra tierra para siempre. Aunque la nuestra era una aldea de las más pequeñas y abandonadas: al final de este período apenas tenía 200 casas, la mayoría elaboradas con techos de paja o enea.

El siglo XIV

Habría que esperar al siglo siguiente, como así ocurrió. El siglo XIV es histórico para Chiclana, que adquiere su condición de aldea cristiana en 1303. Fue durante un período que se conoce como la Batalla del Estrecho, librada entre 1291 y 1340. Abierta y vacía de vecinos, yerma, la antigua aldea andalusí, antes fenicia y romana, empezaba su historia de nuevo. Y lo hacía bajo la protección de un caballero, Guzmán El Bueno, bautizado como Alonso Pérez de Guzmán (1256-1309). El encargo partía del rey Fernando IV El Emplazado (hijo de Sancho IV). El monarca donó la aldea, sus tierras y costas, a Guzmán El Bueno; lo hizo a través de un Privilegio rodado, el 15 de mayo de 1303. Pero esto no había ocurrido porque sí. El futuro duque de Medina Sidonia se había hecho popular por sus servicios a la Corona. Y el apodo no le venía grande, en principio: había ofrecido amparo y auxilio a los cristianos que huían del dominio musulmán en sus castillos gaditanos fronterizos. Sin embargo, la repoblación no fue fácil, ni rápida. Había que hacer frente a numerosos obstáculos: enfermedades y epidemias (como la terrible peste negra), batidas moriscas, conflictos militares… En este contexto de inestabilidad no resultaba sencillo mantener una aldea suficientemente poblada de vecinos que pudiesen subsistir cultivando la tierra.

Una vez iniciado el proceso de repoblación de nuestra futura villa, había que erigir un sistema de defensa ante posibles ataques enemigos (recordemos que, justo por ese motivo, la aldea de Chiclana había quedado fuera en los comienzos de la repoblación de los territorios de la bahía). Era, de hecho, una de las condiciones que ponía la Corona al noble leonés. La edificación del Castillo del Lirio, “y su posterior barbacana en derredor, así como varias fortificaciones en la costa con torres-vigías”, fue la gran aportación en este sentido, escribe Aragón Panés. La evolución de la aldea hacia la ciudad moderna tuvo mucho que ver con esta fortificación, ubicada en la parte más alta de la ciudad -en la que actualmente se hallan los restos de la ciudadela fenicia-, mirando hacia el río Iro; lo que conocemos como casco histórico a día de hoy.

El citado autor chiclanero alude a una posible fortaleza andalusí, si bien, conociéndose tan poco todavía de la ocupación árabe, apenas se puede hablar de este punto. Aragón Panés recurre al historiador y viajero Agustín de Horozco (1550-1620) quien, en una descripción de este pasaje chiclanero, escribió acerca de “[…] un mediano e inútil castillo; está apartado de la costa más de media legua”. Se cree que este cordón de fortificaciones en el litoral contribuyó al desarrollo urbanístico de la urbe, al tiempo que la protegía de posibles incursiones a través del río Iro, por aquel entonces navegable. Mientras que el conde Maule hablaba de “una torre antigua” (demolida en 1813), Cecilia Böhl de Faber se refería a la construcción como “una torre morisca ruinosa”. En cualquier caso, fue el origen de tres torres vigías, centinelas de la costa que avisaban a los lugareños de posibles incursiones piratas berberiscas: dos de ellas perviven, como la Torre Bermeja o la antiguamente llamada Cabeza del Puerco.

La concesión de las almadrabas al héroe de Tarifa -en La Barrosa y Sancti Petri- fueron determinantes para el sucesivo desarrollo de las industrias pesqueras. Que no solamente proporcionó grandes beneficios a la casa ducal… Se trataba de una tradición que, en el caso de la industria de salazones, conectaba a la Chiclana medieval con el poblado de la Antigüedad más remota. Por otro lado, la agricultura empezó a jugar un papel importante en la economía de la nueva villa; los cultivos principales eran el cereal y el viña -seguidos de la huerta y el olivar-. No sería hasta el siglo XV cuando comienza su expansión.

Guzmán El Bueno

Nacido en León, un 24 de enero de 1256, y muerto en Gaucín, un 19 de septiembre de 1309, la historia de este militar y noble leonés -fundador de la casa de Medina Sidonia, poseedora de uno de los archivos privados más importantes de Europa; formado por seis millones de documentos, el más antiguo de 1228- está plagada de vivencias. Sirvió al rey Alfonso X, así como a su sucesor Sancho IV, que recurrió a él para la defensa de Tarifa contra los benimerines marroquíes en 1294. Fue aquí donde se produjo uno de los episodios más conocidos de su biografía: la muerte de su hijo menor durante el sitio a la ciudad. Se dice que Guzmán lanzó una daga a las tropas del sultán Ibn Ya’qub y el infante don Juan -hermano de Sancho IV- para que mataran a Pedro, su joven vástago (al que tenían cautivo y con el que le estaban chantajeando). Fue como una culminación del sacrificio de Isaac por parte de Abraham (puesto que no hubo intermediación divina para evitar el fatal desenlace). El romance rememoraba las palabras del caballero Guzmán, que al lanzar el cuchillo a sus enemigos declaró preferir honra sin hijo. Un gesto muy medieval, desde luego.

En cambio, en palabras de la XXI duquesa de Medina Sidonia, Isabel Álvarez de Toledo, “Guzmán El Bueno ‘es’ el drama de Tarifa, al que acomodan los cronistas el conjunto de una biografía escasamente documentada”. La investigadora y escritora almeriense Isabel Millé Giménez publicó su tesis doctoral sobre el personaje. Lo hizo en la Revue Hispanique (1928). Ahí cita la Crónica de San Isidro del Campo (la primera historia de Guzmán El Bueno) como “más novelesca que histórica”. Por ejemplo, una de las cuestiones que Álvarez de Toledo (apodada la Duquesa Roja y fallecida en 2008) cuestionaba era el origen de su antepasado, dado por cristiano y leonés: según la aristócrata historiadora, podía haber sido descendiente de un judío converso vallisoletano “que abrazó el cristianismo para satisfacer su afición a las armas”, según el antropólogo Julio Caro Baroja.

Afición por las armas no le faltaba, desde luego, al bueno de Guzmán. Y en el caso de Tarifa, fuera drama, gesta o leyenda, lo cierto es que aquel luctuoso episodio trajo consigo la concesión, por parte de Sancho IV, del Señorío de Sanlúcar, que incluía los poblados de Sanlúcar de Barrameda, Rota, Chipiona y Trebujena. Aunque sería el siguiente rey, Fernando IV, quien materializó aquella concesión en 1297. Sanlúcar de Barrameda se convirtió, de hecho, en el solar principal de la casa de Medina Sidonia.

La exitosa carrera militar del caballero leonés le trajo aún más privilegios, como la merced de la almadraba de Conil -en 1299-, y la de la almadraba de Chiclana -en 1303- (ciudades, ambas, que repobló, como ya se ha dicho). En el caso chiclanero, el duque de Medina Sidonia emprendió la tarea con la ayuda de cristianos serviles. Sus numerosas y cuantiosas propiedades hicieron de la Casa de Guzmán, a su muerte -mientras luchaba en la frontera con el Reino de Granada-, el linaje más importante de la alta nobleza en Andalucía durante la Baja Edad Media.

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