La mar y el campo, signos de identidad de los platos de la tierra, todo para disfrutar de una mesa y sobremesa fantástica.
Volcada al mar, los frutos del océano atlántico y de la Bahía de Cádiz colman los mostradores de bares y restaurantes de Chiclana. Además, los frutos de su tierra para esos platos de cuchara tan sabrosos de un pueblo que estuvo tanto tiempo volcado en la agricultura y un pueblo celoso de sus tradiciones.
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La cultura de un pueblo se puede expresar de muy diferentes maneras y, una de ellas es la gastronomía, parte importante de esa cultura. Los platos, que año tan año, han alimentado a los vecinos de Chiclana, se están viendo envueltas en un crecimiento vertiginoso, sobre todo a través de los miles de visitantes que día tras día se han ido asentando bajo el ala arrulladora de la Playa de La Barrosa.
No hay que olvidar la Chiclana de las bodegas, de los mostos y vinos, de los moscateles y finos.
La cocina, con sus propios vocablos, casi tantos como ingredientes, colman el diccionario chiclanero: tagarninas, chicharos, cardillo y candiés, arcahuciles; pejerreyes, parpujas y cangrejos moros sirven para hacer adobos, refritos y periñacas, berzas y potajes, arroces y pucheros y como todo pueblo que se precie, una repostería digna de Dioses. De la mano de las monjas agustinas recoletas, las famosas tortas de almendra y de los fogones mas añejos, los pestiños, las tortas de polvo y la carne de membrillo junto a unos tocinos de cielo con un sabor de vértigo.
